Mucha tristeza sentí al ir a Atoyac el último día de mis vacaciones y mirar mi casa cerrada, sin muebles, sin vida. Cómo cambió en cosa de dos años, mis parientes se encargaron de dejarnos una casa casi en ruinas, sin servicios. La diferencia es que mientras ellos siguen peleando, nosotros estamos unidos como quizá nunca lo estuvimos antes, hoy los que vivimos en el DF nos miramos y visitamos con gusto, mientras nos enteramos de las penurias de los que viven lejos. No me dá gusto, pero ellos eligieron vivir así.
Los planes de retomar nuestra casa van en serio, me entusiasma llevar cosas que la hagan nuestra y visitarla con más regularidad, sacar las malas vibras que nos dejaron. Además no me gusta llegar a casa ajena, me incomoda.
En mi casa de Atoyac viví felíz, ahora le tengo pavor a los perros pero alguna vez tuve un par, Ringo y Lasser. Cuando me vine a vivir al DF los dejé a cargo de mis parientes; Ringo, mi favorito murió atropellado lejos de casa, nadie se dignó irlo a recoger, se hizo vago cuando me fuí, nadie le hacía caso. Lasser corrió similar suerte, murió lleno de parásitos y sarnoso, pero a él sí lo enterraron en la casa. Con ellos dos aprendí a nadar, casi todas las tardes lo pasábamos en el río, siempre estaban limpios, aunque a Lasser le encantaba revolcarse en la basura. Como todo buen perro costeño, comían un caldo que la abuela les preparaba con pellejos, en las tardes había que ir al mercado por su bolsa de pellejos. No tendría otra mascota hasta mi hija Merlina.
Este episodio de la cuarta temporada de Futurama me los recuerda. Mi casa y mis perros.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada